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Por Enrique Mireles Bueno, SJ.

Compartimos con nuestros lectores el trabajo realizado por algunos jesuitas y laicos en la misión de la Tarahumara, al noroeste de México.

La iniciativa del Centro Cultural nació en la comunidad rarámuri de La Gavilana, Mpio. de Batopilas, Chihuahua, en el año 2011, cuando las familias les preguntaron a los jesuitas: ¿por qué ustedes no les enseñan a leer y escribir a los niños?

El sistema educativo de la Sierra Tarahumara es un tanto limitado y en muchos casos genera desarraigo cultural debido a que no se toma en cuenta el contexto y las costumbres. Algunos maestros no hablan la lengua rarámuri o no están capacitados para ello. En comunidades como La Gavilana, los niños terminan sus estudios de primaria lamentablemente sin saber escribir su nombre.

La propuesta de los Centros fue madurando hasta que en 2013 el equipo de laicos y jesuitas de la Parroquia de San Miguel de Guaguachique comenzó a pedir financiamiento para llevar a cabo el proyecto. A finales de 2014 inició labores el Centro Cultural Luis Felipe Gallegos, S.J. en La Gavilana. A inicios de 2016 comenzó a trabajar el Centro Cultural Ernesto Uranga, S.J. en Pamachi, Mpio. de Urique, Chih. Recientemente –inicios de 2017- emprendió su labor el Centro Cultural Carlos Díaz Infante, S.J. en Guaguachique, Mpio. de Guachochi, Chih.

Los Centros Culturales complementan la educación pública. Su objetivo es fomentar espacios de profundización de la vida y cultura rarámuri, por medio de la alfabetización, actividades artísticas y musicales, para que niños, niñas y jóvenes indígenas puedan desarrollar aptitudes que faciliten una mejor interacción dentro y fuera de su cultura sin perder su identidad.

Los niños y jóvenes rarámuri, al ser alejados de sus raíces culturales, se vuelven vulnerables frente a nuevos referentes de identidad como la narcocultura presente en la región. Los rarámuri son perjudicados por el abuso y discriminación de caciques o grupos del crimen organizado que se aprovechan del analfabetismo y la pobreza. Asimismo, muchos rarámuri migran en busca de trabajo a las ciudades o a los campos de empresas agrícolas, donde son víctimas de explotación.

El proyecto busca ser un apoyo para los rarámuri frente a las problemáticas socioculturales y económicas de la región que afectan la vida comunitaria y su organización. En los Centros Culturales se busca fortalecer el derecho de todos los niños a tener una educación de calidad conforme a su cultura, lengua e historia; se pretende fortalecer el derecho que tienen los pueblos indígenas de reforzar el manejo de su lengua materna, proteger sus formas de vida, tradiciones y creencias. Los Centros buscan fortalecer las formas de organización comunitaria, a través de una educación apegada a su cultura, de modo que puedan tomar decisiones que favorezcan la vida digna, el cuidado de su territorio y del medio ambiente.

Los Centros de las comunidades de La Gavilana y Pamachi han beneficiado el aprendizaje de niños, niñas y jóvenes. Actualmente asisten en promedio 40 niños al Centro Cultural de La Gavilana y 30 al Centro de Pamachi. Indirectamente se han beneficiado 50 familias en La Gavilana y 40 en Pamachi con los trabajos comunitarios en torno al Centro Cultural.
Consideramos necesario y urgente continuar con el apoyo educativo al pueblo rarámuri, lo cual es muy propio del carisma de la Compañía de Jesús. La apertura del Centro Cultural en la Comunidad de Guaguachique responde a esta necesidad. Asimismo, estamos planeando para 2018 la apertura de un nuevo Centro en la comunidad de Samachique, Mpio. de Guachochi, Chih. y sede actual de la Parroquia.

En este momento colaboran ocho maestros bilingües en los Centros Culturales. Tres de ellos trabajan reforzando la cultura principalmente en el área de alfabetización en la comunidad de La Gavilana. Los otros cinco se ocupan de reforzar la cultura en Pamachi y Guaguachique desde actividades artísticas como música tradicional, dibujo, artesanías y uso de herramientas como la computadora.

Los niños pueden expresar las creencias rarámuri por medio de la pintura y el dibujo. También se les motiva a participar en las fiestas tradicionales a través de la danza y la música. Se trabaja con los niños la elaboración de manualidades y artesanías. Este trabajo se puede realizar gracias a la participación de la gente de cada comunidad que intervienen en la dinámica de los Centros Culturales como consejeros de vida.

Respecto a la organización, los Centros Culturales están a cargo del equipo de jesuitas y laicos de la Parroquia San Miguel de Guaguachique, con sede en Samachique. El proyecto depende administrativamente del Complejo Asistencial Clínica Santa Teresita AC (CACSTAC), obra de la Provincia Mexicana de la Compañía de Jesús en la Tarahumara, con sede en Creel, Chihuahua.

Ponemos nuestra esperanza en Dios y en la comunidad rarámuri para que el trabajo de los Centros Culturales produzca frutos abundantes para el bien de su cultura, organización, territorio y medio ambiente. El proyecto de los Centros es un proceso a largo plazo. Compartiendo esfuerzos esperamos juntos colaborar en la transformación de la realidad de la Sierra Tarahumara.

Medios digitales
Facebook: Centros Culturales Jesuitas de la Tarahumara

Youtube: CCulturales Tarahumara.

 

Por Leticia Iparrea Cervantes

-¡Kwira, kwira soy el padre Enrique!

Expresión que me estremeció al escucharla en la oscuridad de la sierra. Justo unos segundos antes, había visto una ráfaga de luz entre los pinos de la noche, como un destello de una lámpara de mano. El padre volvió insistir con fuerte voz:

-¡Kwira kwira vamos a la fiesta de Marcelino, ¿hay alguien por ahí?

Volvimos a ver la luz en una segunda ocasión, pero ésta se desvaneció en la oscuridad de la sierra y jamás volvió. Cansados nos sentamos en unas rocas arriba de la barranca deliberando si continuábamos o no nuestro camino ya que habíamos salido de Samachique alrededor de las dos de la tarde y ya había caído la noche sin llegar aún a nuestro destino. La lluvia fue nuestra acompañante casi por más de cuatro horas, y aunque llevábamos impermeables no logramos que parte de nuestros pantalones y zapatos no se empaparan.

Me integré al equipo de los jesuitas de la parroquia de San Miguel de Guaguachique en la Sierra Tarahumara como voluntaria, justo cuando se iniciaba el ciclo 2014-2019. Previo a esta planeación, se realizó un extenso análisis de la realidad, logrando sacar 5 líneas de acción con las que se trabajaría en ese período. La primera línea de acción habla sobre una Propuesta pastoral de Evangelización que busca fortalecer los elementos espirituales de cada cultura; formular e implementar un proceso de evangelización que nazca del encuentro fe y cultura. Por ello, entre otras cosas, buscamos darnos tiempo para acompañar a las comunidades en los trabajos comunitarios como la siembra, deshierbar, pizcar, desgranar, estar en las curaciones de sus animales y la tierra, etc. Impulsamos los trabajos y faenas que tradicionalmente promovían la solidaridad, permanencia y la convivencia comunitaria. Además, seguimos trabajando con los mitos y símbolos de las fiestas rarámuri, para que se les de la importancia, impulso y respeto que se merecen.

Y ese era precisamente el objetivo de nuestro recorrido: llegar a la fiesta de San Juan Bautista de la comunidad de Wá’arabo, una comunidad muy retirada de la parroquia donde sus fiestas y tradiciones se viven intensamente. Después de un largo recorrido hubo un momento en que deseaba regresarme ya que la noche nos había alcanzado y el destino era incierto, a lo que el Padre Enrique me contestó: “Si somos un equipo el equipo tiene que estar de acuerdo para avanzar, yo quisiera continuar –expresó- y tú quieres regresar, entonces me uno a tu petición para que el equipo se armonice”. Hubo un momento de silencio, y luego respondí habiendo hecho unas reflexiones: “Sigamos pues hacia adelante Enrique, tomemos el camino que cruza con la vereda, seguramente hemos de estar cerca”. Y en realidad lo estábamos. Pocos minutos después, para nuestra sorpresa, encontramos una trinchera, signo inequívoco de que habíamos llegado a una comunidad. Ya pasaban las 11:00 de la noche y nuestros rostros se iluminaron al escuchar a lo lejos los gritos de los chapeyocos. Cabe mencionar que los chapeyocos son parte importante de la fiesta, ya que con sus gritos acompañan y organizan la danza de los matachines –uno de los bailes ancestrales que aún se conservan en estas comunidades rarámuri-.

Nos acercábamos para preguntar si sabían dónde quedaba la comunidad de Wa’árabo, cuando vimos a lo lejos que una persona mayor y corpulenta intentaba darse prisa para encontrarnos, la silueta se tornó conocida, era el ¡Owirúame! (curandero de la comunidad). En cuanto nos alcanzó -analógicamente me situé en la escena del hijo pródigo- se abalanzó a abrazar al Padre Enrique, lo besó y al levantarlo le dijo emocionado con lágrimas en los ojos: “Pensé que ya no iban a venir”. Después de unos minutos, Enrique me sonrió y me dijo: “Te toca Lety”, y se repitió la misma escena. La emoción de los tres fue indescriptible: ¡Marcelino, el amigo rarámuri a quien le tenemos un gran cariño y respeto, él era quien nos había invitado y justo estábamos en Wa’árabo!

Participamos en la fiesta danzando acompañados de la guitarra y el violín, ya que la danza es para que el de abajo (el diablo o “re’ré betéame”) no moleste. También se baila para agradecer bendiciones y para evitar las enfermedades, el sufrimiento y la tragedia.  A través de sus danzas se ponen en comunicación con Dios. Comimos tónari y tomamos tesgüino. Los rarámuri agradecen a Onorúame (Dios) por la vaca, que servirá para preparar el tónari, comida hecha de cocido de res sin sal que preparan únicamente para fiestas religiosas. La tradición no es cocer la carne y ya, sino cocerla para que la comunidad se reúna. Todo tiene un sentido religioso y comunitario. El tesgüino es la bebida tradicional que congrega a la comunidad y es ofrecida a Onorúame para que Él la pruebe primero y para agradecerle por los elementos de lo cual está hecha: piden por el agua y el maíz para que nunca falte; además sirve para curar la tierra, animales y a las personas, es todo un símbolo religioso.

Retomo las palabras de uno de los misioneros que ha pasado por estas tierras: “la Sierra Tarahumara te atrapa o te vomita”, a mí ¡me ha atrapado! El trabajo en la sierra es impresionante, me siento muy afortunada al colaborar con los jesuitas de esta parroquia, con voluntarios y voluntarias, ya que es un equipo que trabaja desde una evangelización estratégica, precisa e integral, además de ser un equipo unido. Me siento agradecida también con el pueblo rarámuri y mestizo de la Sierra por su apertura, cariño y enseñanza. Y sobre todo agradecida ¡con quien sé me ama! que es Dios, cada amanecer me recuerda y recrea su presencia, como aquel día después de la fiesta de san Juan Bautista cuando el sol absorbía el rocío de las milpas al filo del barranco de mi querido Wa’árabo.

Por Perla Delia Amayo Amador (Misionera voluntaria)

Mi nombre es Perla Delia, soy originaria de la Sierra Negra del estado de Puebla. Estudié la Lic. En Educación Intercultural en el ISIA (Instituto Superior Intercultural Ayuuk). Que es una universidad jesuita ubicada en la Sierra Mixe del estado de Oaxaca.

La Sierra Tarahumara es un lugar muy bonito, tiene paisajes hermosos, tales como las Barrancas del Cobre, las Barrancas de Batopilas, entre otras. El clima es bastante frio, de hecho hace algunas semanas cayó nieve. Las lluvias no son tan abundantes y por eso a veces las cosechas de maíz o frijol no son tan buenas.

Desde el mes de julio de este año me encuentro colaborando en el proyecto educativo de los Centros Culturales Jesuitas de la Sierra Tarahumara en la comunidad de Guaguachique. Mi labor consiste en estar a cargo de la coordinación del Centro Cultural.
La parroquia de San Miguel de Guaguachique se encuentra ubicada en el corazón de la Sierra Tarahumara y pertenece al municipio de Guachochi, Chihuahua. Trabajamos con cinco líneas estratégicas, una de ellas es la: Formación educativa y religiosa de los niños de tres comunidades; Gavilana, Pamachi y Guaguachique. Cada una de estas comunidades cuenta con un Centro Cultural.

Uno de los objetivos de los Centros Culturales es reafirmar la identidad cultural rarámuri y dar herramientas para que los niños puedan interactuar en otras culturas. Asimismo se trabaja en el rescate de la música tradicional rarámuri, también se trabaja con un programa de alfabetización en rarámuri, entre otras cosas. Todos los maestr@s que colaboran en los Centros Culturales son rarámuri.

En el equipo parroquial también trabajamos en colaboración con las autoridades tradicionales de las comunidades, todas las acciones están encaminadas al rescate de las tradiciones del pueblo rarámuri y brindarles algunas herramientas para su autonomía.
Para mí el estar conviviendo con los rarámuri y mestizos de esta región ha sido un regalo de la vida. Estar presente en el yumari (Fiesta tradicional rarámuri), compartir el teswino (Bebida tradicional hecha de maíz fermentado) y participar de la vida cotidiana de este lugar me ha permitido entender mejor la cosmovisión de la cultura rarámuri. Esta experiencia es muy significativa y valiosa para mí, no solo por mi perfil profesional sino por toda la experiencia de vida que estoy teniendo.

La Sierra Tarahumara es un lugar muy admirable por el sentido de compartencia que tiene la gente. A pesar de la situación tan delicada de violencia que se vive a causa de los grupos de sicarios los rarámuri siguen conservando muchas de sus tradiciones. Compartir la fe en comunidad es de gran ayuda en los tantos casos de injusticia a los que nos enfrentamos.
Yo me siento muy feliz en este lugar, las personas con las que he convivido me han tratado demasiado bien. La vida es hermosa, pero compartida es mejor. Onoruame (Dios) siempre está con nosotros cuidándonos y alentándonos para continuar nuestro camino.

La Parroquia San Miguel de Guaguachique se ubica en el corazón de la Sierra Tarahumara. Los jesuitas en estrecha vinculación con voluntarios laicos llevamos adelante proyectos pastorales y proyectos educativos. Se acompañan 8 comunidades en las cuales para fiestas y otras reuniones se congrega la gente procedente de distintas rancherías pertenecientes a dichos centros religiosos y políticos. El 90% de la gente de dichas rancherías son indígenas rarámuri.

Los proyectos pastorales consisten en el acompañamiento constante a las comunidades de la Parroquia: Participación activa en las fiestas, ya que éstas son momentos fundamentales del modo de estar del pueblo rarámuri; la implementación de una línea de acción con el objetivo de concretar una propuesta pastoral de evangelización indígena que enriquezca la síntesis, de espiritualidad indígena y cristiana, hecha por los rarámuri a lo largo de los siglos anteriores; catequesis infantil; pastoral con jóvenes; trabajo en favor de la salud y nutrición infantil; banco de alimentos y bazar de ropa constituidos para favorecer la economía familiar y comunitaria, entre otros más. Así mismo trabajamos en una línea de acción que apuesta por la organización comunitaria y la participación de diferentes agentes en los proyectos.

Los proyectos educativos consisten en el trabajo permanente en Centros Culturales ubicados en tres comunidades de la Parroquia. Los Centros Culturales consisten en la formación de los niños y niñas rarámuri a través de un modelo educativo que parte de las raíces culturales indígenas, es decir, se trata de un modelo educativo intercultural que fortalece y profundiza en el conocimiento ancestral rarámuri a la vez que brinda a los alumnos herramientas de la cultura general (uso de las nuevas tecnologías, etc.). De acuerdo a cada comunidad se enfatiza la vértebra de formacion : El Centro Cultural de la Gavilana tiene como prioridad la lecto-escritura y los Centros Culturales de Pamachi y Guaguachique formar a los alumnos en la dimensión artística a través de la música, el dibujo, la pintura, la danza, etc. Los contenidos educativos parten y fortalecen el modo cultural rarámuri. Los Centros culturales trabajan en una estrecha vinculación con la comunidad (ancianos, autoridades, y la gente en general), ya que es ésta misma la generadora del conocimiento que se transmite a los alumnos.

Facebook: Centros Culturales Jesuitas de la Tarahumara

 

Por Sebastián Salamanca Huet

Con esta frase del P. Pedro Arrupe SJ. quiero comenzar a contarles un poco la experiencia que he estado viviendo en los últimos meses acá en la Sierra Tarahumara. Mi nombre es Sebastián, tengo 26 años y soy prenovicio Jesuita, como parte de esta experiencia nos envían a diferentes misiones de la Compañía de Jesús discernir nuestra vocación.

Antes de tomar la decisión de probar si quiero ser jesuita o no, nunca me pasó por la mente lo que he estado viviendo por acá y de lo que he podido ser parte desde mis primeros días en la sierra: experimentar la pobreza de un pueblo que resiste a los embates de la modernidad, del asistencialismo que es como un cáncer que carcome el tejido social de las comunidades que forman parte de nuestra parroquia, un pueblo que se autodefine como Pagótuame, que significa bautizados en su lengua.

Los rarámuri, en este corto periodo de tres meses, me han enseñado a ser libre, libre para amar, para conocer, para aceptar, libre para celebrar sin prejuicios las fiestas, libres para aprender una nueva lengua, para conocer un cultura que pareciera hermética pero que se abre para aquellos que realmente desean acompañarles en su caminar. He aprendido muchísimo más de lo que yo, en mi papel extranjero, quizá pudiera enseñarles.

Pero yo no fui enviado a Samachique a enseñar, me mandaron a discernir, a conocer el trabajo de los jesuitas, de voluntarios entregados a esta misión pero sobre todo a conocer realidades de nuestro país que poco son difundidas, he ido siendo testigo de la violencia del crimen organizado, de la corrupción de nuestro país que poco se ocupa de los más necesitados, de las diferentes organizaciones sociales y religiosas que pretender ayudar y más parecen dañar la identidad religioso-cultural de los rarámuri. A pesar del desolador panorama de la realidad, he sido también testigo del cariñño real que los rarámuri dan cuando confían en alguien, cuando se dan cuenta que no todos los Chabochi (mestizos) vienen a quitarles sus tierras o a quitarles su tradición y sus costumbres.

Cuando llegas a un yúmari te reciben con alegría, te das cuenta de que en ese abrazo está la esperanza de un pueblo que lucha a su ritmo, que vive a su tiempo y que sigue danzando para que Onorúame siga bendiciéndoles con casa, vestido, sustento y para que el mundo no siga queriendo comerse la inmensa belleza que se encuentra en la Sierra Tarahumara del noreste de Chihuahua.

No me queda más que estar tremendamente agradecido con los jesuitas, los voluntarios y voluntarias que acogen al que llega a formar parte del equipo, con el pueblo rarámuri que me ha enseñado más de lo que jamás pensé aprender y con Dios por tanto bien recibido. Hoy puedo compartirles que los rarámuri son un pueblo increíble, lleno de tradición y de una fe inmensa en ese Dios Padre-Madre que tanto nos ama y que está contento con sus hijos que danzan, que beben y que hacen fiesta ofreciéndole todo lo que tienen y son.

 

 

Por P. Miguel Quintanilla, S.J. 

Una rana vivía en una pequeña charca junto a un río. Pasó por allí otra rana que había vivido siempre en un lago inmenso.

-¿De dónde vienes? preguntó la rana que vivía en la pequeña charca.
– Del lago de Arareko. Respondió la rana que pasaba.
– ¿Es grande ese lago?
– Inmenso
– ¿Tan grande como mi charca?
-¡Cómo puedes comparar tu charca con el lago¡ Y continuó su camino.

La rana que había vivido siempre en la charca se quedó muy pensativa mirando aquella rana que saltando fue desapareciendo por el camino.

Cuento Popular.

Siempre te daré gracias Señor, por lo que has hecho conmigo. Sal 52(51), 11.

El jueves 25 de Agosto fui incorporado definitivamente a la Compañía de Jesús mediante la profesión de mis Últimos Votos. Fue una ceremonia sencilla y profunda a la vez, marcada por un consuelo interno muy peculiar. Estuve acompañado por mi comunidad jesuita en Tarahumara, algunos colaboradores cercanos de CACSTAC (Complejo Asistencial Clínica Santa Teresita, A.C.) y Francisco Magaña, S.J., Provincial de la Compañía de Jesús en México.

Esta confirmación definitiva donde la Compañía me reconoce como uno de sus integrantes, es una nueva invitación a seguir entregando mi vida en plena disponibilidad para la misión que me ha sido encomendada en esta obra. Como sabemos la mayor disponibilidad a la universalidad se da por medio de un envío a un trabajo muy concreto. Con alegría veo ahora confirmado mi proceso vocacional iniciado el 16 de octubre de 1979 en Sisoguichi, Chih.; hoy recupero lo ahí vivido con una actualidad que no había experimentado antes. Desde entonces, lo comencé a ver desde mi Tercera Probación en Cuba, el rompecabezas de mi vida ha ido desplegando poco a poco, sin prisas, una figura. Una figura que se ha ido formado pieza a pieza, de diversas experiencias fundantes que no ceso de agradecer a Dios al volver con regularidad sobre ellas y descubrir, a pesar de mis pensamientos que me suelen engañar, una Novedad. Descubrir a Alguien siempre presente y que me sigue llamando a pesar de mis limitaciones y de mi vivir distraído.

Puedo decir que dentro de mí conviven las dos ranas referidas por el cuento, una de ella que siempre me invita a dejarme conducir a mundos nuevos, más amplios y profundos, mundos donde me está esperando La Novedad en medio de multiplicidad de novedades que se me presentan.

“Y, cuando te conocí por vez primera, fuiste tú quien me elevó hacia ti, para hacerme ver que había algo que ver y que yo no era aún capaz de verlo”. San Agustín.

El proceso de salir de mis espacios conocidos atendiendo a una invitación se sigue repitiendo. Si hoy detengo la marcha y recupero lo vivido, volviendo sobre cada pieza que integra mi proceso, incluyendo las piezas oscuras y no tan luminosas, me siento profundamente confirmado al mirarlo a Él en lo vivido, sin distraerme conmigo mismo. Esto me libera interiormente con mucha esperanza hacia el futuro, venga lo que venga. Hoy profundizo en la experiencia de sentirme acompañado siempre por Aquel que lo puede todo, nuestro buen Amo y a quien intentamos servir*. No puedo olvidar a tantas personas mediadoras, dentro y fuera de la Compañía, comenzando por mi familia, que han sido el canal utilizado por Dios para acompañar mi maduración vocacional. ¿Cómo olvidar la sensación de sentirme desterrado y pedir mi readmisión a la Compañía en 1992? ¿O aquella experiencia de vivir sin digestión durante 45 días, 30 de ellos en el Hospital Central de Chihuahua? Mis entrañas, tan maltratadas, se llenan de gozo al recordar aquella tarde de mi reingreso al noviciado el domingo 31 de Julio de 1994 acompañado de mis papás y familia. Aquella sensación de haber vuelto a casa no ha cesado desde entonces, hoy se ha visto confirmada con creces al vivir la Misa de mis Últimos Votos.

Hoy, en la misión que actualmente me ha sido encomendada en CACSTAC en la Sierra Tarahumara, tengo ante mí un mundo completamente nuevo en cuanto a la diversidad de proyectos y la cultura misma del pueblo rarámuri, con su lengua -que se resiste a ser aprendida por mí- que pide de mí un silencio interior muy profundo para percibir qué es aquello que Dios va haciendo con ese pueblo de tan particular historia.

Una de las mociones con las que el Señor me ha sostenido desde que llegué en marzo de 2015 es permitirme sentir la confusión y esperar…esperar con mucha paciencia a que poco a poco se despliegue una figura, como en esos hologramas en los que necesitamos reposar la mirada sin tensiones ansiosas por lograr ver algo. Después de un tiempo y, sin esfuerzo de nuestra parte, nos llega por sí mismo aquello que siempre había estado ahí sin que nosotros nos percatáramos.

Agradezco a todas las personas que me acompañaron estando presentes de muchas maneras…fue un momento que seguirá siendo digno de ser compartido y seguir descubriendo La Novedad en una recuperación. Me encomiendo a su oración y ofrecimiento de todo lo que hagan, especialmente para recibir de Dios el don de la sabiduría para poder seguir acompañado a este pueblo elegido por Dios, del que estoy aprendiendo a vivir y al cual he sido enviado.

Creel, Chih., jueves 25 de agosto de 2016.

Miguel Quintanilla S.J.

 “Esperaré a que crezca el árbol y me de sombra, pero abonaré la espera con mis hojas secas, esperaré a que brote el manantial y me de agua, pero despejaré mi cause de memorias enlodadas… esperaré a que llegue lo que no sé y me sorprenda…la tierra y el lamento se abrirán a la esperanza” – Benjamín González Buelta S.J.

*“Padre, hago buenamente lo que puedo, el resto lo hace el Señor que lo puede todo.  Con su ayuda todo es ligero y suave, porque servimos a un buen amo” H. Francisco Gárate S.J.

 

Por Marcos Ortega Silva, SJ

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Foto: Ignacio Rosaslanda

En un ambiente de fiesta y alegría se llevó a cabo la inauguración del Centro Cultural “Ernesto Uranga, S.J.” en la comunidad de Pamachi, ubicada a orillas de las Barrancas del Cobre, los días 29 y 30 de julio, en víspera de la fiesta de San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús. El proyecto del Centro Cultural consiste en formar a los niños y niñas de esta comunidad en la dimensión artística, partiendo desde los propios principios culturales del pueblo rarámuri. La música, el dibujo, la pintura, la danza, el arte, la elaboración de artesanías en que se forma a los niños de Pamachi tiene como objetivo fortalecer el modo de vida de este pueblo originario, esto es, un modo de estar en la realidad que es sumamente valioso, aún más en un mundo globalizado, en el cual los grupos étnicos se encuentran en riesgo de desaparición debido al despojo de territorio, la marginación social, explotación laboral y la poca valorización del conocimiento ancestral que poseen. En cada uno de los temas impartidos en este Centro Cultural por maestros y maestras rarámuri hay un esfuerzo por investigar, sistematizar y transmitir el conocimiento ancestral de este pueblo.

La inauguración se realizó en el marco de un Yúmari, una de las principales celebraciones religiosas de los rarámuri o tarahumaras, comenzó el día 29 de julio en el atrio de la Iglesia, con el ofrecimiento de dos vacas en frente de un altar compuesto por tres cruces cubiertas con una manta. En este altar, durante toda la noche del 29 y gran parte del día 30 de julio, dos sawuame (rezadores) cantaron y danzaron dirigiéndose a Onoruame (la divinidad). En este altar también se colocaron ofrendas compuestas por alimentos tales como tortillas, esquiate (bebida de maíz tostado), carne y suwiki (bebida fermentada de maíz). Durante el Yúmari un grupo de matachines (danzantes), tanto niños como adultos, imprimieron una atmósfera de alegría y fiesta a través de su danza al ritmo de la bella música rarámuri de violines y guitarras. También hubo pascol, otra de las más representativas danzas rarámuri, conducida por el pascolero, éste danzante marca el rito y ritmo de la danza al son de los cascabeles que lleva puestos en los pies y la música del violín y guitarra. Los asistentes se incorporan a las distintas danzas según la disposición propia. Además, durante toda la fiesta se estuvo tomando suwiki, también conocido como teswino. Alrededor de la media noche, se comió la sangre de res, acompañada de esquiate y tortilla.

El día 30 de julio, poco antes de comer el tónari (cocido de res que se hace especialmente en las fiestas) y después del rezo rarámuri, del saludo a los santos y el nawésare (discurso pronunciado por las autoridades tradicionales que invita y anima a una sana convivencia social y a la vivencia de las costumbres y valores rarámuri), el pianista internacional Romayne Wheeler, conocido por los medios de comunicación como “El pianista de la Sierra Tarahumara”, dio un concierto en la Iglesia, un templo construido a mediados del siglo XVIII. La comunidad rarámuri disfrutó este momento cerda de 2 horas. Romayne, apoyado por un traductor rarámuri, dio una introducción en cada una de las piezas interpretadas, que daba razón de la experiencia o mensaje transmitido en ellas. Este pianista, desde hace unas décadas, ha optado por una vida sencilla entre los indígenas y su música está inspirada tanto en la música rarámuri como en sus experiencias en la Sierra. El piano usado para el concierto será uno de los instrumentos musicales que se espera que los niños y niñas aprendan a tocar en el Centro Cultural.

El proyecto tiene como uno de sus objetivo trabajar en una constante y profunda vinculación con la comunidad, debido a esto la inauguración del Centro se llevó a cabo en el contexto de una fiesta o celebración rarámuri. Este objetivo es de suma importancia, ya que son los miembros de esta comunidad (ancianos, músicos, danzantes, artesanos, autoridades, padres de familia, etc.) los principales conocedores y transmisores del modo de vida rarámuri. Otro hecho importante es que el 100% de los niños y niñas son rarámuri, los maestros manejan perfectamente su lengua materna y el español. Ellos se sienten orgullosos de su identidad indígena y practican sus creencias al mismo tiempo que están abiertos al resto del mundo al tomar elementos como el uso de las nuevas tecnologías de comunicación e información, el conocimiento académico, etc.

El Centro Cultural “Ernesto Urganga, S.J” lleva el nombre de un gran misionero jesuita de mediados del siglo XX, de quien la gente conserva la memoria de su trabajo en la comunidad de Pamachi. El Padre Uranga murió en los años 60’s, a temprana edad, en un accidente de avioneta mientras piloteaba de Pamachi a otra comunidad cercana. Pamachi es una de las misiones jesuitas que comenzó en el siglo XVII y que persiste hasta la actualidad donde se conserva gran parte de la cosmovisión, religión y organización social propia de los rarámuri, en un contexto de violencia provocado por el crimen organizado, el narcotráfico, la marginación social, el despojo de sus bosques y tierras, la explotación labora en los campos agrícolas fuera de la Sierra donde los rarámuri migran. La vida ha persistido ante la muerte, la alegría ante la tristeza y la esperanza ante los aparatos de muerte en este loable pueblo.